www.ligaepilepsia.cl

Noticias

Testimonio de Camila Cerón: "La felicidad es algo por lo que hay que luchar"

Puede sonar extraño, pero a veces creo que pedí tener epilepsia. Tenía 12 años y estaba en mi cama -el domingo antes de volver de vacaciones- y todo lo que quería eran dos semanas más de descanso, así que le pedí a Dios que por favor no me mandara a clases la mañana siguiente. Cuando desperté, el caos del primer día de marzo se había apoderado de mi casa: todos corrían y yo, que ya estaba lista, tomaba desayuno con mi papá en la mesa. Recuerdo que lo miré, le sonreí y después de eso, nada. Mis ojos se cerraron y perdí la consciencia.

Cuando reaccioné, alguien me llevaba en brazos y me subieron a un auto para ir a un servicio de urgencias. En ese lugar, y sin previo aviso, conocí la epilepsia.

Nunca nos dijeron qué causó mi epilepsia, pero los doctores creían que podría haber sido algún golpe en la cabeza o los cambios hormonales propios de la pubertad. Apenas empezamos el tratamiento, las crisis prácticamente desaparecieron. Sin embargo, tuve que lidiar con los efectos adversos de los medicamentos, que me provocaron somnolencia y dificultad de concentración.

A mi alrededor todos sabían que tenía epilepsia, pues me esforcé para que mis profesores y amigos conocieran sobre esta condición crónica y supieran cómo actuar ante una crisis. Mi mamá me decía que tuviera cuidado y porque, quizás, me podían discriminar, pero yo nunca le hice caso y traté de tomarlo como algo normal. Ahora, que he crecido, entiendo que mi actitud fue fundamental para que las personas que me rodean tampoco lo vieran como algo negativo.

Cuando entré a estudiar Nutrición a la universidad, tenía miedo de que me dieran crisis, pero me sentía una persona normal. Estaba consciente de que si era responsable con mi tratamiento todo estaría bien. El problema es que entre los estudios a veces olvidaba tomarme los medicamentos y así, de la nada, llegaba una convulsión para recordarme que la epilepsia seguía siendo parte de mi vida.

En segundo año de carrera, conocí a Mauricio y comenzamos una relación de pareja que permanece hasta el día de hoy. Él se tomó bien lo de mi epilepsia y también la noticia más grande que nos daría la vida: la llegada de nuestra hija Rafaella, después de tres años de pololeo. En ese momento, quedé en shock. Estaba aterrada: me daba miedo que los fármacos antiepilépticos pudieran provocar algún daño en mi hija. Apenas supe la noticia, llamé a mi neurólogo. Lo primero que él hizo fue explicarme que la gran mayoría de las mujeres con epilepsia tienen hijos libres de esta condición. Además, me dijo que por ningún motivo debía suspender mi tratamiento, pues las crisis epilépticas eran más peligrosas para mi bebé, que el efecto de los medicamentos. Finalmente, me indicó que el ácido fólico, que tomaba desde hace varios años, protegería a mi hija de los posibles daños ocasionados por los fármacos.

Felizmente, no fue necesario modificar mi tratamiento y logré mantenerme todo el embarazo libre de crisis.
Cuando la Rafa cumplió dos meses, decidí retomar mis estudios. Me sentía culpable, pero tenía claro que eso era lo que tenía que hacer si quería darle un mejor futuro a mi hija. Fue un periodo difícil, pero gracias al apoyo de mi madre y mi suegra, que cuidaron a la Rafa mientras yo estudiaba, pude salir adelante. ¿De dónde saqué energías para lograrlo? Creo que mi hija me dio esa fuerza que sólo conocemos quienes somos madres. Esa fuerza que viene del amor y que se convierte en el motor por el cual somos capaces de luchar por nuestros sueños.

A lo largo de este camino, he conocido personas maravillosas, quienes me han enseñado que, a pesar de las adversidades, se puede ser feliz. Eso sí, hay que tener la disposición, pues creo que la felicidad es algo por lo que hay que luchar, algo que se alcanza cumpliendo tus metas y siendo consciente de lo que eres capaz de lograr.

Fuente: Revista Andares 2017




Páginas:       1